La Ménsula

RESTAURANTE “LA MÉNSULA”

Como ya es habitual el último viernes da cada mes, la Academia Gastronómica de Málaga, hace su reunión-comida en algún restaurante previamente seleccionado por los miembros de la Directiva o a sugerencias y propuestas de cualquier académico.

El pasado viernes, día 31 de octubre, los más de treinta comensales, miembros todos de la Academia de Gastronomía de Málaga, nos dimos cita en una barrio, aunque algunos no lo creen así porque carece de las estructuras propias del mismo, de una gran solera industrial, paisajista y monumental, como es el de La Malagueta. Famoso barrio industrial, que conserva sólo la chimenea, y que ha sido sustituido por edificios modernos más acordes con las nuevas necesidades del turismo, que las industriales de antaño y que se visitaba utilizando los famosos tranvías y el tren de cercanías.

De su pasado monumental, aún se conservan algún que otro palacete y, sobre todo, la monumental Plaza de Toros “La Malagueta” y el “Hospital Noble”.

La plaza de toros ha dado muchas tardes de gloria a los seguidores del arte de Cúchares y seguirá dándolas, aunque también hay que decir que, cada día, son más diversos los actos que allí se celebran porque no hay más remedio que darle más usos y variados a un coso que tanto prestigio da a la Málaga turística y a ese maravilloso barrio y paisaje que se contempla, de forma extraordinaria, desde el Castillo de Gibralfaro.

Muy cerca de esta monumental plaza o coso taurino, se encuentra el Restaurante “La Ménsula” que no sabemos exactamente si debe su nombre a la palabra latina MENSULA, mesita pequeña, o al elemento estructural en voladizo, que servía de adorno o de soporte de viga, ya que, ambas acepciones de esta palabra provienen de la misma raíz, ya citada, latina.

El caso es que este restaurante, destaca en medio de una acera de casas no muy modernas y nos invita a pasar para comer a él.

En torno a las catorce horas, fuimos llegando los comensales y, tras el saludo de rigor, fuimos degustando unas copas, cervezas, finos o manzanillas, de pie, un tanto incómodos, ya que, como es lógico y natural, el restaurante estaba abierto para el resto del público.

La degustación del buen jamón ibérico y del extraordinario queso de oveja, sólo se vio alterada por la estrechez del lugar y las molestias propias del paso de camareros y de otros clientes. Lástima que los restaurantes no posean una amplia barra o saloncito para degustar las copas previas a la comida, mientras van llegando los comensales.

Ya en el comedor, agradable y acogedor, no muy grande pero de buena presentación, se vuelve a plantear el mismo problema de siempre: ¿Cómo colocar a los más de treinta comensales? No hay una solución que guste a todos. Mesas redondas para tantas personas, no existen. Una mesa en forma de ele necesita mucho espacio o un comedor de grandes dimensiones. En resumen: la única solución válida: Dos mesas alargadas en las que unos se dan la espalda a otros y sólo se puede hablar con las personas que tienes al frente y a los laterales.

Pero este problema no es del restaurante, sino de las circunstancias y del tener que aprovechar el espacio lo mejor posible.

Ya sentados, se nos ofrece un menú de degustación de siete platos. No sabemos por qué se empieza por el segundo anunciado: “Ensalada de aguacate con albahaca”. La primera cuestión que se plantea, igual ocurrirá con otros tres platos más, es lo conveniencia o no de los platos compartidos para cuatro personas y colocados en el centro. Los compañeros que me rodeaban y yo coincidíamos en lo mismo: Son incómodos, nunca acierta uno a saber cuánto se debe servir y, en gran porcentaje de casos, sirven para mancharse los comensales, ¡si las corbatas
hablaran! o para algo que queda muy feo: manchar el mantel, por no decir la de veces que los cubiertos se caen al pasar el plato de un comensal a otro. Todos éramos contrarios a los platos compartidos.

Este plato, “Ensalada de aguacate con albahaca” estaba muy bueno, el aceite de albahaca en
su punto de aliño y sólo habría que reprochar el exceso sabor a queso parmesano que destacaba en sobremanera. O tenía mucho o le sobraba. Sin él, el plato igual mejoraría mucho.

“Txangurro de puerros gratinados”: Plato que entra, en principio por el olor tan agradable,
pero que luego resultó no ser del agrado total: Puerros pocos, duros y pasados al horno y con un puré de patatas no anunciado, por no hablar de lo poco limpio que estaba ya que tropezones del caparazón eran frecuentes encontrarlos en la boca. No fue de los mejores Txangurros que habíamos comido.

“Caldillo de pintarroja”: Aunque nos sorprendió la servilleta debajo de la cazuela porque resultaba poco estética, resultó ser un plato muy agradable, con un picante acertado y en su punto; se saboreaba la almendra sin destacar demasiado. Muy buen plato.

“Carpacho de pulpo con habitas Baby”: Extraña mezcla en la que el pulpo apenas si se saboreaba y sólo se masticaba y aparecía en la boca el sabor de las habitas. Pulpo y habitas, dos sabores muy buenos por separado y que juntos , al menos en este caso, no se apreciaban bien.

“Dados de atún rojo a la vizcaína”: Tras un largo paréntesis sin comida, el servicio fue lento y ya habíamos superado las dieciséis horas, saboreamos un atún muy hecho y seco con bastante sabor a kétchup.

“Cochifrito lechal”: Magnífico plato, muy bien cocinado y acompañado de unas patatas a la
paja muy sabrosas. De lo mejor que habíamos comido hasta ahora y que mereció la pena esperar para saborearlo bien.

“Solomillo de buey trufado al horno”: Aunque sabroso y tierno, estaba algo frío, mal presentado y poco hecho. No resultaba muy agradable a la vista que es el primer sentido por el que se come, junto con el olor.

“Mousse de mango axárquico”: Tampoco resultó del agrado de todos; poco, caliente, con buen sabor a mango es todo lo que se puede decir de él.

El vino tinto, “Ibéricos Crianza”, Torres, de muy buen sabor, gran retrogusto, de mejor paladar, suave aunque sin matices en la boca y con cuerpo, color bonito y llamativo pese a ser un crianza. Ideal para la mesa.
El vino blanco, Spanish Guerrilla “Albariño”: Muy bueno y agradable al paladar.

Mal maridaje ya que no se sirvieron los vinos adecuados y, sólo a petición de los comensales, se cambió el tinto inicial por el blanco. En varios platos de pescado, seguimos saboreando el tinto sin que nadie nos sirviese el blanco.

Con una buena copa larga y tras varias horas de comida, el servicio fue muy lento, y se había superado, con creces, las cinco y media de la tarde, paseamos por los alrededores de La Malagueta y nos despedimos hasta la próxima comida.

Málaga, noviembre de 2014.

Deja un comentario